“Desde el Jardín” (1979) es una magnífica película protagonizada por el genial Peter Sellers, en el papel de un jardinero con un moderado retardo mental, que por una serie de circunstancias fortuitas llega a la presidencia de los Estados Unidos. El proceso por el cual llega a ese puesto es una mordaz sátira a la clase política: aterrizado por casualidad en medio de la élite de Washington, el simplón jardinero responde a las preguntas sobre sus opiniones políticas con frases sobre el clima y la jardinería, que sus interlocutores interpretan como ingeniosas metáforas de un hombre profundo y sabio. En un vacío de nuevas figuras que capten la atención del electorado, el personaje es transformado, por los medios de comunicación y los actores políticos, en la respuesta a lo que la ciudadanía espera: en candidato, y finalmente en presidente del país. Todo ello con la mayor inocencia e ingenuidad del personaje central, que no tiene la más pálida idea de cuanto le está aconteciendo.
Recuerdo haber comentado este paralelismo a algunos amigos cuando Fernando Lugo inició su carrera hacia el estrellato político. Lugo no es lo que Uds. o la gente piensan, era mi postura, sino una proyección de lo que quisieran ver en un líder. Alguien que, por arte de magia, transforme la realidad al gusto de cada uno, sin el propio esfuerzo. Un salvador providencial venido, si no del cielo, al menos de una dignidad episcopal, lo más parecido a aquello. Me preocupaba que, por lo que yo sabía del personaje que encarnaba la proyección de los anhelos colectivos, no tenía la más remota capacidad para cumplir esas expectativas.
El título en inglés de la película citada, y del libro original de Jerzy Korsinski es “Being there”, o “estar allí”: la clave del itinerario que lleva al jardinero al máximo cargo ejecutivo era haber estado por casualidad en el momento y el lugar preciso, sin ningún designio de su parte. En el caso de Fernando Lugo hubo un propósito que se fue construyendo a lo largo de años, sin mucha claridad, pero con la persistencia del actor de reparto que se ofrece para representar papeles secundarios, en la esperanza de que un productor avispado lo descubra para un papel protagónico: y para eso, es necesario “estar allí”.
Fernando Lugo estuvo allí, donde la corrupción y la ineficiencia de los gobiernos de la transición habían provocado un hartazgo colectivo y un vacío de liderazgo pavoroso en medio de la mediocridad dirigencial de los partidos tradicionales. Pero estuvo allí también cuando la ambición exasperada de Nicanor Duarte Frutos para perpetuar su poder dividió a su partido y generó el rechazo a una candidata impuesta. Si Nicanor no hubiera forzado, aun a costa del fraude o la prebenda la candidatura de Blanca Ovelar, es posible que el coloradismo aun siguiera en el poder.
Lugo opuso como contraste a la histeria de Nicanor una figura serena, calmada, imperturbable. En suma, la imagen que esperaríamos de un estadista, de alguien que no se deje vapulear por los ataques ni marear por las lisonjas. Pero como en el caso del jardinero de la película, la actitud digna, mesurada, las frases ambiguas, lo mismo pueden reflejar una personalidad firme y equilibrada, o una mente simple y hueca, que se escuda detrás de esa apariencia porque no tiene nada adentro.
El correr de los meses, y los últimos acontecimientos, evidencian que Fernando Lugo es un personaje de paja, manipulado por otros personajes. Eso no significa que sea inocente, pues siempre que hay manipulación, el manipulado consiente porque saca sus propios beneficios de ello: en este caso, aparecer importante, inspirar respeto, sacar pecho y asumir aires de “aquí mando yo”. Lo que no estaba previsto es que salieran a luz algunos pecadillos inconfesables del hombre de paja, que corroen su máscara humana y le exponen al ridículo. Y es bien sabido que para un político es más fácil superar escándalos de corrupción que el ser expuesto al ridículo.
También como en la película, los asesores del presidente se empeñan en mantener las apariencias, en ocultar sus desaciertos, en exponer ante los medios sólo su rostro más simpatico, y, sobre todo, en tomar decisiones por él. Sólo que, a diferencia del film, donde el personaje carece de ambición o presunción alguna, a Fernando Lugo le gusta disfrutar de los honores, de las apariencias de ser él quien decide, y ello lo hace incontrolable, para desolación de sus allegados.
Un alto funcionario del gobierno, citado con nombre y apellido en una publicación extranjera, se sinceró recientemente ante un periodista: “Lugo no sabe nada de cómo funciona el Estado”, dijo, agregando “y ni le interesa saber”.
¿En dónde estamos ahora? El escándalo de la paternidad no asumida parece encaminarse hacia el olvido, pero la confianza ha sufrido gravemente, y eso es un patrimonio intangible que no se recupera. El episodio entero revela rasgos de la personalidad del presidente, que nos ponen ante un hombre inmaduro, incapaz de asumir responsabilidades, de involucrarse o siquiera tomar conciencia de la consecuencia de los actos. Y sabemos que eso no se limita a su vida privada, sino que es congruente con sus innumerables vacilaciones, desatinos y retrocesos.
Recuerdo haber comentado este paralelismo a algunos amigos cuando Fernando Lugo inició su carrera hacia el estrellato político. Lugo no es lo que Uds. o la gente piensan, era mi postura, sino una proyección de lo que quisieran ver en un líder. Alguien que, por arte de magia, transforme la realidad al gusto de cada uno, sin el propio esfuerzo. Un salvador providencial venido, si no del cielo, al menos de una dignidad episcopal, lo más parecido a aquello. Me preocupaba que, por lo que yo sabía del personaje que encarnaba la proyección de los anhelos colectivos, no tenía la más remota capacidad para cumplir esas expectativas.
El título en inglés de la película citada, y del libro original de Jerzy Korsinski es “Being there”, o “estar allí”: la clave del itinerario que lleva al jardinero al máximo cargo ejecutivo era haber estado por casualidad en el momento y el lugar preciso, sin ningún designio de su parte. En el caso de Fernando Lugo hubo un propósito que se fue construyendo a lo largo de años, sin mucha claridad, pero con la persistencia del actor de reparto que se ofrece para representar papeles secundarios, en la esperanza de que un productor avispado lo descubra para un papel protagónico: y para eso, es necesario “estar allí”.
Fernando Lugo estuvo allí, donde la corrupción y la ineficiencia de los gobiernos de la transición habían provocado un hartazgo colectivo y un vacío de liderazgo pavoroso en medio de la mediocridad dirigencial de los partidos tradicionales. Pero estuvo allí también cuando la ambición exasperada de Nicanor Duarte Frutos para perpetuar su poder dividió a su partido y generó el rechazo a una candidata impuesta. Si Nicanor no hubiera forzado, aun a costa del fraude o la prebenda la candidatura de Blanca Ovelar, es posible que el coloradismo aun siguiera en el poder.
Lugo opuso como contraste a la histeria de Nicanor una figura serena, calmada, imperturbable. En suma, la imagen que esperaríamos de un estadista, de alguien que no se deje vapulear por los ataques ni marear por las lisonjas. Pero como en el caso del jardinero de la película, la actitud digna, mesurada, las frases ambiguas, lo mismo pueden reflejar una personalidad firme y equilibrada, o una mente simple y hueca, que se escuda detrás de esa apariencia porque no tiene nada adentro.
El correr de los meses, y los últimos acontecimientos, evidencian que Fernando Lugo es un personaje de paja, manipulado por otros personajes. Eso no significa que sea inocente, pues siempre que hay manipulación, el manipulado consiente porque saca sus propios beneficios de ello: en este caso, aparecer importante, inspirar respeto, sacar pecho y asumir aires de “aquí mando yo”. Lo que no estaba previsto es que salieran a luz algunos pecadillos inconfesables del hombre de paja, que corroen su máscara humana y le exponen al ridículo. Y es bien sabido que para un político es más fácil superar escándalos de corrupción que el ser expuesto al ridículo.
También como en la película, los asesores del presidente se empeñan en mantener las apariencias, en ocultar sus desaciertos, en exponer ante los medios sólo su rostro más simpatico, y, sobre todo, en tomar decisiones por él. Sólo que, a diferencia del film, donde el personaje carece de ambición o presunción alguna, a Fernando Lugo le gusta disfrutar de los honores, de las apariencias de ser él quien decide, y ello lo hace incontrolable, para desolación de sus allegados.
Un alto funcionario del gobierno, citado con nombre y apellido en una publicación extranjera, se sinceró recientemente ante un periodista: “Lugo no sabe nada de cómo funciona el Estado”, dijo, agregando “y ni le interesa saber”.
¿En dónde estamos ahora? El escándalo de la paternidad no asumida parece encaminarse hacia el olvido, pero la confianza ha sufrido gravemente, y eso es un patrimonio intangible que no se recupera. El episodio entero revela rasgos de la personalidad del presidente, que nos ponen ante un hombre inmaduro, incapaz de asumir responsabilidades, de involucrarse o siquiera tomar conciencia de la consecuencia de los actos. Y sabemos que eso no se limita a su vida privada, sino que es congruente con sus innumerables vacilaciones, desatinos y retrocesos.
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