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¿Qué es eso de un "proyecto-país"?

"No aparecen las propuestas de un proyecto-país que convenza a la ciudadanía en vista a un cambio de rumbo ante la situación de pobreza, atraso y marginación en que vivimos." (Mensaje de los Obispos del Paraguay, Noviembre 9, 2007.

El tema del "proyecto-país" o del "proyecto nacional" es otra idea muy cara a sectores políticos y sociales de muy diverso pelaje. Mirada superficialmente, la idea de un modelo del "país que queremos" ("Paraguay jaipotáva") parece fascinante, noble y muy lógico: después de todo, hay que planificar el futuro, ¿no?.

Ahora bién, ¿quién tendría que diseñar ese proyecto nacional?. Otro pasaje del Mensaje de los Obispos nos ofrece una pista: "Proponemos que el Gobierno, juntamente con los empresarios y otras entidades, diseñen un Programa específico para la creación de fuentes de trabajo en especial, para las familias más carenciadas, con una opción preferencial por los jóvenes, para evitar el éxodo de nuestros compatriotas al exterior". Claro está que esto se refiere específicamente a la generación de empleo, pero es uno de los ejes claves, si no el principal de un proyecto como el que se pretende.

Por otra parte, en el emprendimiento "Paraguay jaipotáva", llevado a cabo por la Iglesia paraguaya hace algunos años, se optó por el camino de congregar a grupos y sectores en un esquema de participación voluntaria, que produjo algunos resultados interesantes sobre todo en municipios y pequeñas comunidades locales. Muy distinto sería extrapolar eso a escala nacional, porque el ciudadano común, por el apremio de sus necesidades cotidianas, tiende a ver los árboles - o tal vez incluso las ramas - pero no el bosque, es decir, el contexto amplio.

En cuanto a aquello de que el Gobierno, los empresarios y otros entidades diseñen un programa de generación de empleo, encierra la suposición - una vez más - que hay soluciones o fórmulas mágicas que se pueden consensuar en un gabinete.

¿De dónde viene esta idea mágica de un "proyecto nacional". En los artículos cuyo link inserto más abajo, publicados en La Nación de Buenos Aires en el 2004 y 2005, sus autores desmitifican el concepto y rastrean sus orígines inequívocamente a los nacionalismos de signo totalitario del siglo XX. Tal vez se podría remontar incluso a los nacionalistas románticos del siglo XIX, en una convulsiva etapa de consolidación de los estados nacionales europeos. La apelación a lo "nacional" como un elemento de aglutinación y de afirmación de la identidad nacional conlleva la suposición de que la población de un país comparte no solamente idioma, cultura, religión, etc. (cada una de las cuales es sólo parcialmente compartida) sino que hasta comparte un proyecto político determinado.

Desde otro ángulo, el marxismo postulaba explícitamente el camino de la lucha de clases, y de la imposición del proyecto de una clase en particular, el proletariado, por encima de las diferencias, lo que requería, obviamente, la toma del poder y la supresión de las otras clases. De todos modos, hay que recordar que Marx y Engels no creían posible llegar al socialismo sin pasar por el capitalismo, que a su vez implicaba la hegemonía del proyecto de la clase burguesa. Claro está que ellos abogaban por el "internacionalismo proletario", o sea, la supresión de los estados nacionales una vez que el proletariado hubiera triunfado en todas las naciones.

En el siglo 20, el fascismo, el nazismo, el franquismo español o el régimen de Salazar en Portugal, se basaban en una identidad nacional que conllevaba un proyecto político homogeneizador de las diferencias, o mejor dicho, supresor y represor de quienes pensaban diferente. Aquella apelación a lo nacional, al nacionalismo, estaba destinada a generar una especie de mística irracional, que en nombre de un destino grandioso ocultara o justificara la imposición autoritaria de un pensamiento único.

Claro está que los paraguayos no necesitamos acudir a ejemplos de afuera para entender de qué estamos hablando: el estronismo tenía claramente un "proyecto nacional" bautizado como "segunda reconstrucción", y en su nombre esterilizó todo pluralismo, disidencia u oposición, a caballo del trípode Estado-partido-Fuerzas Armadas.

Uno de los autores a cuyo artículo remitimos, Marcos Novaro, alude a la premisa de que “toda gran nación, es decir, toda sociedad que ha logrado cierto éxito como democracia y como capitalismo, lo debe a que sus elites y su pueblo compartieron un consenso en torno de un proyecto nacional. Si los países europeos y Estados Unidos progresaron fue gracias a sus proyectos de país”. Se pregunta: "¿Tienen estas afirmaciones algún asidero histórico? En mi opinión, no tienen ninguno, a menos que denominemos “proyecto nacional” a un texto y una práctica constitucional, de un lado, o a acuerdos concretos sobre políticas muy específicas, del otro. Esos, y no otros, han sido efectivamente objeto de los consensos en esas “democracias y capitalismos exitosos”. Pero es claro que llamarlos “proyecto nacional” no tiene mucho sentido".

He ahí el quid de la cuestión: de lo que se trata, para impulsar el desarrollo de un país, es, ante todo, de asegurar la estabilidad institucional: estado de derecho, respeto a la constitución, seguridad jurídica, y, en resumen, la configuración de un entorno apropiado para que florezca la iniciativa ciudadana, es decir, las propuestas políticas, los emprendimientos económicos, la innovación.

Hace apenas algunos días, en un coloquio realizado en Argentina, el ex presidente brasileño Fernando Henrique Cardoso situaba con precisión el problema: "Todo país tiene que definir una línea de futuro, pero a ésta no la arma un grupo de intelectuales o de tecnócratas, sino la convergencia de las fuerzas sociales, en la que la población tiene que sentir que forma parte". Otro de los participantes en el referido coloquio agregaba: "Para que un país entre en un período de largo crecimiento y reconstrucción, es necesaria la reconciliación entre todos los sectores, que no es lo mismo que tener un único pensamiento." (Murchison)

Además, hay que ser claros: diversos sectores políticos tienen sus propios "proyectos-país" en el Paraguay. Empezando por el grupo gobernante, que aspira a continuar perpetuándose en el poder en base a una estructura cada vez abiertamente mafiosa, y en las regalías que presume inagotables de las binacionales.

Por otro lado, los grupos de izquierda tienen el suyo propio, como lo atestigua el presidente del partido de los Trabajadores en una entrevista en ABC color Julio López, quien postula una estatización total de la economía con supresión de la propiedad privada. Sectores menos radicales como los de Tekojojá, que apoyan a Fernando Lugo, sostienen tesis parecidas aunque algo más atenuadas, más cerca de Hugo Chávez que de la social democracia que dicen profesar. En cuanto al ex Obispo mismo, ha tenido expresiones coincidentes invocando el "socialismo del siglo XXI", aunque evitando entrar en precisiones para no ahuyentar aliados.

No es ilegítimo que coexistan estos proyectos: lo que sí es ilegítimo es pretender imponerlos coercitivamente sobre el conjunto de la población, porque, definitivamente, lo que no se puede suprimir en democracia es el pluralismo y la diversidad.


¿Necesitamos un proyecto nacional?

El mito del proyecto nacional ausente

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