Desde mis primeras lecturas de la infancia, me familiaricé con los autores, desde los clásicos infantiles hasta los policiales y los de las novelas “light” del lejano oeste, de modo tal que me hice “amigo” de todos ellos. Algo similar me ocurre con columnistas y periodistas con quienes siento afinidad en los enfoques, y uno de ellos, acaba de fallecer: Porfirio Cristaldo Ayala, quien además de escribir una columna dominical en ABC Color, era uno de los editorialistas de ese medio. Alguna vez lo saludé en medio de un grupo, pero nunca lo traté personalmente, pese a lo cual lo consideraba una figura emblemática en esto de remar contra la corriente de las seudoverdades comunes especialmente en materia de economía.
Cuando mencionaba su nombre admirativamente en una conversación, era común que lo descalificaran como “ultra-liberal”. Si ser liberal en economía es una especie de purgatorio, ser ultra-liberal es ya una condena irredimible a lo más profundo y ardiente del infierno. Era, claro está, una forma de rechazar un pensamiento sin examinar su contenido, porque los escritos de Porfirio Cristaldo eran de una lógica implacable y aplastante, casi imposible de refutar, excepto tal vez en algunos detalles puntuales.
Me admiraba su coherencia y su coraje intelectual: entre otras cosas, no tenía empacho en hablar de las virtudes del capitalismo, sin dejarse arrastrar por la connotación despectiva que le dio Marx y que luego quedó anclada en la conciencia de los bienpensantes. Su enemigo no era el socialismo sino el “estatismo”, concepto que no sólo engloba a los socialismos de distinto pelaje, sino a una serie de otras posturas híbridas que admiten a regañadientes la lógica del mercado.
Era miembro de
Desde mi punto de vista, el enfoque de Cristaldo adolecía de algunas lagunas, que me hubiera gustado conversarlas con él alguna vez. El mercado tiene una capacidad autorreguladora, que hoy se puede explicar en términos más científicos desde la teoría de sistemas, que supera la metáfora de la “mano invisible” de Adam Smith. El asunto es que en una economía frágil y pequeña como la nuestra, las “externalidades”, en especial la influencia de nuestros vecinos es tan fuerte que nos sofoca.
¿Son justificables, por ejemplo, medidas proteccionistas o reguladoras de la economía en el contexto de las agresiones que sufre el Paraguay de sus vecinos? Cristaldo diría, con Adam Smith, que el libre comercio beneficia la especialización de los países en aquello para lo cual son realmente competitivos. Pero en un entorno plagado de trabas paraarancelarias y distorsiones de todo tipo, es políticamente difícil para los gobiernos resistir la presión de los empresarios locales hacia medidas compensatorias o proteccionistas.
Un caso patente es el que se produjo en los últimos meses con el trigo y la harina, en que el mercado fue invadido por harina argentina de contrabando, beneficiada por un tipo de cambio artificial y controles de precios dentro del mercado de ese país. No me cabe la más mínima duda que las medidas aberrantes que toma el gobierno de Kirchner terminarán por sumir a ese país en una crisis mayor de la que se quiso evitar .
A largo plazo, y en un mundo en que todos los estados jueguen limpio, la lógica autorreguladora del mercado es inexorable, pero entretanto pueden desparecer miles de empleos y sectores enteros de la economía, perjudicados por la competitividad artificial de otras naciones.
Ahora bien: estas situaciones no son “fallas del mercado” como sostienen los estatistas, sino propiedades emergentes de sistemas altamente complejos, donde los efectos benéficos o perjudiciales de acciones y decisiones pueden demorar años en ponerse en evidencia.
¿Qué políticas debe adoptar el Estado, por ejemplo, para combatir la pobreza? Ante todo, creo yo, y presumo que Cristaldo coincidiría, hay que elegir entre combatir la pobreza o la inequidad, porque esto último – es decir, las desigualdades sociales – es lo que despierta con más intensidad la santa indignación políticamente correcta. Cristaldo demostró, en numerosos escritos, que es falsa aquella aseveración tan frecuente de que en el sistema capitalista “los ricos son cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres”. Los trabajos del economista catalán Xavier Sala-i-Martin, que no recuerdo hayan sido citados por Cristaldo (pero son fácilmente accesible a través de una búsqueda en Internet) demuelen las denuncias en ese sentido de las Naciones Unidas, tanto al interior de los países como en su relación recíproca.
Acontece que combatir la pobreza implica crear riqueza, en tanto que el enfoque en la desigualdad enfatiza la redistribución, lo que termina desalentando la creación de riqueza y favoreciendo a quienes esperan su sustento del Estado, logrando, en el mejor de los casos, igualar por lo bajo. En la práctica, los estados socialistas que buscaron afanosamente la igualdad, lo hicieron creando a la vez una élite burocrática opulenta, en contraste con la gris mediocridad de la mayoría.
A mi modo de ver, el enfoque de Cristaldo debería complementarse con el análisis de las condiciones culturales e institucionales del desarrollo económico. Sin entrar aquí en una exposición detallada, como la que hace Mariano Grondona en un libro titulado precisamente “Las condiciones culturales del desarrollo”, se trataría no de debilitar al Estado, sino de fortalecerlo en su función esencial, cual es la de crear las garantías que permitan ejercer los derechos y libertades económicas tanto como políticas, alentando el espíritu emprendedor y erradicando el prebendarismo y el clientelismo que favorecen la dependencia y la pasividad de quienes esperan que su sustento provenga de los favores políticos o de la magia de caudillos mesiánicos.
Comentarios