He visto el mensaje de Navidad de Lugo. Una orquesta de cámara juvenil, voluntariosa pero desafinada, vapulea los acordes de «Noche de Paz», canción emblemática, si las hay, de la Navidad, en todo el mundo. ¿No hubiera sido preferible interpretar «Navidad del Paraguay», cuya letra y música tocan nuestros más caros sentimientos?
La cámara enfoca a la izquierda, en primer plano, al presidente mirando a los chicos tocar; gira a su derecha, y mirando a la cámara dirige su mensaje. Viste un atuendo blanco, híbrido entre el estilo Mao y la ropa clerical, como si cultivara deliberadamente esa ambigüedad. Y el mensaje es un típico cliché navideño, una exhortación a la unidad porque la fecha nos induce a poner ante todo nuestra condición de paraguayos.
Nada que objetar del mensaje en sí, leído cuidadosamente del teleprompter. Sus colaboradores no quieren dejar nada a la improvisación, para no tener que salir luego a explicar que no dijo lo que dijo o que no quiso decir eso y que fue mal interpretado por la prensa perversa. Por eso mismo fue breve, apenas un par de minutos, más un ritual mediático que una reflexión inteligente; porque tampoco hay que pedir peras al olmo, ¿verdad?
Lástima la credibilidad. O la falta de ella. En otro contexto, tal vez todavía en la Navidad del año pasado, hubiera parecido candoroso, casi poético, pero sincero. Hoy, la estatura ética del ex Obispo está a nivel del suelo, después de haber sido votado, no por propuestas programáticas que nunca tuvo, sino porque su condición pasada de eclesiástico parecía ofrecer cierta garantía de integridad moral.
Todo tipo de escándalos jalonan el «annus horribilis» 2009 del jefe de Estado. Su paternidad negada, luego reconocida, luego negada otra vez y finalmente vuelta a reconocer, le ganó más fama a nivel internacional que sus incontables viajes. Sus rencillas familiares, que pusieron al desnudo un vergonzoso nepotismo, los manejos turbios en las binacionales, y el escándalo de las tierras de Teixeira, que todavía promete nuevas sorpresas, le han sacado todo asomo de credibilidad.
Y todavía está la herida abierta del secuestro de Fidel Zavala. Es un secreto a voces que de la suerte del joven ganadero secuestrado depende el destino del gobierno de Lugo. Sombrías perspectivas para el 2010, aunque la economía anuncie un repunte, cuyo mérito descansa más en los productores y en los precios internacionales que en las políticas públicas.
«Eppur si muove»
«Y sin embargo se mueve» -, decía Galileo contemplando la leve oscilación de las arañas de la catedral de Pisa, que confirmaban su teoría de la rotación de la tierra, luego de haberse visto obligado a abjurar de la misma. El gobierno de Lugo contabiliza logros en su trayectoria, a pesar de él mismo. Es un «gobierno de gabinete», como ha dicho un analista político, en el que algunos de sus integrantes se esfuerzan en ejercer sus funciones. Con tropezones y retrocesos, desde luego. Desafinando, como la orquesta que acompañó el mensaje, todo un símbolo. El problema es que el director de orquesta, que debiera otorgarle sentido y coherencia a ese esfuerzo ni siquiera sabe leer las partituras y apenas gesticula para las cámaras.
A menos de dos años de su mandato, ¿es posible todavía darle un rumbo a este gobierno, que nunca lo tuvo? Y, sobre todo, ¿es posible alejar el fantasma del juicio político? Lugo mismo, y sus partidarios, prefieren caer en la peor actitud psicológica posible, la negación del problema. Minimizan el desprestigio del presidente, cuestionan la legalidad y legitimidad de algo que está perfectamente reglado por la Constitución. Y no ahorran municiones contra el vicepresidente Franco, que a su vez demuestra una inmadurez que mina su propia credibilidad. Si el juicio político no ha adquirido aun el impulso decisivo, se debe más a las dudas que genera Franco que al apoyo que suscita Lugo. Pero cualquier nuevo traspié o escándalo pude mover el fiel de la balanza de manera tal que la relación de fuerzas en el Parlamento se torne letal para el actual ocupante del sillón presidencial.
Porque además, salvo gestos aislados e irrelevantes, el Ejecutivo ha mantenido un trato hostil hacia el Parlamento. El Ejecutivo nunca ha asumido que está en minoría en el Parlamento, y que eso, en cualquier país del mundo, obliga a negociar y persuadir, una y otra vez, hasta el fin de su mandato. Todo ello basado en la expectativa de que la movilizacion callejera de sus adeptos intimide lo suficiente a los legisladores como para sujetarse dócilmente, o para renunciar colectivamente en una autodisolución de las cámaras. Una fantasía típicamente «bolivariana».
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